El siglo sin Dios por excelencia ha sido el más letal de la historia humana.

Difusión Martes 5 de Julio de 2016

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El siglo del descreimiento ha producido más muertos que todos los demás siglos juntos. El XX se ha creído todas las aberraciones que inspiraron tipos tan nefastos como Maquiavelo, Hobbes, Fichte, Locke, o Hegel, Rousseau y Marx.

Fuente: ACTUALL - Francisco Segarra

El relativismo es la falacia dominante. El relativismo niega la evidencia de la única verdad absoluta (de ab, que indica “privación”, y solvere, “soltar”; o sea, “que excluye cualquier relación, aislado”; y también, literalmente, “absuelto: liberar a alguien de algo”). La muerte es, pues, literal y etimológicamente, la única verdad absoluta. Dios es relativo, en tanto que “se relaciona”. Pero ésta es otra cuestión. La muerte no es relativa. La muerte es absoluta porque todos morimos y lo hacemos solos -no tiraré de etimologías más profundas porque a la vista están-.La muerte es radicalmente verdadera: todo lo acaba. Podemos especular sobre opciones más allá, más acá o a través de. Pero la muerte es un punto final físico definitivo. En consecuencia, el hombre solo puede optar entre dos verdades que no son relativas: la vida y la muerte.

Es evidente -lo es para todos los pensadores y filósofos que en el mundo han sido- que esta alternativa produce vértigo. El vértigo a una intemperie abismal que cada uno trata de llevar como puede. Con copas, con sexo, con drogas, con mística, con aprovechamiento egoísta de la situación, con juego, estafas, o con un tiro en la sien y una soga al cuello. Esto último lo hizo el nihilista y maestro de Nietzsche, Philipp Mainländer. Nietzsche no se atrevió a tanto y solo dejó que su mente se volviese loca, lo que es más cómodo y menos sangriento. También es más incoherente y menos honesto.

También pueden trocearse los niños y venderse por partes en el mercado negro. Qué más da.-Es usted un exagerado. No, soy realista. No exagero porque no acumulo (eso es “exagerar”) razones: las expurgo. Trato de limpiar el debate de excrecencias banales y eufemismos interesados. La revolución empieza dominando el diccionario, dijo Stalin. O Gramsci, no lo sé.

La fe, un consuelo

La muerte es algo difícil de soportar. Que todo se acabe es algo difícil de soportar. La soledad y la vulnerabilidad son estados difíciles de soportar. La irreversibilidad del tiempo -nunca más- y el anhelo -para siempre- son toros que no se lidian, simplemente te embisten. Hablar de la fe como consuelo en estas circunstancias es hacer una broma macabra. Hablar de ética y supuestos valores humanos, hablar de solidaridad y decencia, es como para sentir mucha pena por aquel que lo diga. ¿Valores? ¿Fundamentados en qué realidad? ¿Para qué? ¿Por qué?-Porque, en lógica puridad racionalista, no hay nada. O sí, pero se acaba. Y, en cualquier caso, Hume ya se ocupó de demostrar que la realidad exterior no existe objetivamente, porque somos prisioneros irreversibles de nuestros sentidos. Sentidos que, todos lo hemos percibido, nos engañan con frecuencia. No hay manera de salir de los sentidos para “tocar” una supuesta realidad objetiva exterior a un algo pensante que ni siquiera se sabe quién o qué es.

Esto es el perfecto e irrebatible nihilismo (de ne hilum, “no hay hilo, no hay conexión, no hay relación”). Nada. La nada insoportable. Si hay algún filósofo en la sala que pueda oponer un razonamiento plausible al de Hume, que lo diga. Yo llevo 40 años esperando. Sólo sé que un tipo como Kant no tuvo mejor opción que asumir -asumir, ¡por Dios! Qué base tan científica- la existencia de esa realidad exterior y objetiva.- ¿Se acabó?-No.

Cuentos chinos

Porque entonces vienen unos tipos llamados “cristianos” que afirman, aún a riesgo de perder la vida, que sí hay Algo. Que la Vida es más poderosa que la Muerte. Que la Vida, la Verdad y el Camino que nos salva del abismo es una Persona que se llama Jesucristo, que ha resucitado de entre los muertos y ha destruido el poder de la nada y del absurdo. Y entonces aparecen unos listos que deciden que esto son cuentos chinos. Con perdón de los chinos. Que prefieren quedarse con el suicida Mainländer, el lunático Nietzsche, el metódico Kant, el siniestro Marx, el megalómano Hegel o el cínico Rousseau. Naturalmente, esos mismos listos consideran a San Agustín, Santo Tomás de Aquino, Kierkegaard, Edith Stein, Santa Teresa, Chesterton, Cervantes, Lope de Vega o Calderón como unos subnormales abducidos por los cuervos de los curas. Y entonces hacen lo que hacen todos los fieles del abismo y de la nada: destruir. Matar. Asesinar. Eliminar todo aquello, y a todos aquellos, que los ponen en evidencia. Y así, nos hacen creer que las religiones son la causa de todos los crímenes, cuando el siglo ateo por excelencia, el XX, ha producido más muertos que todos los demás siglos juntos.

Sí. El siglo ateo. El siglo del descreimiento que se ha creído todas las aberraciones que inspiraron tipos tan nefastos como Maquiavelo, Hobbes, Fichte, Locke, o los citados Hegel, Rousseau y Marx. Locos de atar como el nazi Rosenberg o especuladores como Picasso. Aunque no quiero atribuir a los marxistas el privilegio de liderar la barbarie. Los estados liberales y democráticos son igualmente monstruosos. Uno de ellos hizo uso del arma atómica. Otro, masacró ciudades enteras con bombas incendiarias. Truman y Churchill son tan culpables como Hitler y Stalin.En total perdieron la vida 54 millones de personas durante la Segunda Guerra Mundial por, aproximadamente, 10 millones en la Primera, y cerca de 3 millones durante las Guerras Napoleónicas, el único antecedente comparable en el siglo XIX pero con una duración muy superior a la suma de ambos conflictos mundiales (1799-1815).

La muerte disfrazada de libertad y democracia

Un siglo de matanzas inhumanas -Corea, Vietnam, el Congo, Ruanda, Camboya- que tuvo su triste epílogo con las guerras yugoslavas de los 90, con más de 150.000 muertos en el corazón de Europa. Por desgracia, y aunque no lo parezca, en pleno siglo XXI no hemos dejado atrás las masacres: en los últimos conflictos que aun colean, la Guerra de Irak, Afaganistán, Siria o Yemen, los datos registrados por diversos organismos internacionales arrojan una cifra de muertos superior al millón de personas. Sin contar heridos y refugiados.

Solo podemos encontrar un genocidio semejante en los siglos XIII, XIV y XV, durante las invasiones mongolas de todo el Oriente, Rusia y Europa del Este: las cifras varían entre los 30 y los 50 millones de muertos… En trescientos años. El siglo XX solo creyó en el absoluto poder de la muerte disfrazada de libertad y democracia. Y escribió con sangre unas nuevas tablas de la ley que consagran el asesinato del viejo y del no nacido. Crímenes que no contabilizo en la macabra lista. Crímenes que solo en España cuestan la vida a más de 100.000 niños al año. Es para vomitar. ¿Democracia? ¿Progreso? ¿Civilización? Si, la de la náusea y el avestruz, que oculta bajo tierra la cabeza para no enloquecer.

Masacre de cristianos en todo el mundo

Por lo demás, sigue la masacre de cristianos en todo el mundo: cada día son asesinados 10 cristianos. En 2013 se hablaba de 20. No sé si hemos mejorado o se han maquillado las estadísticas. En África, en Oriente Medio, en Europa -en forma de persecución ideológica-.Y sigue la connivencia entre unos listos asesinos y otros: entre la Clinton y los saudíes que le pagan la campaña y financian la yihad; como lo fue entre Francia y los turcos contra el imperio católico español. El diablo siempre une siniestras voluntades. El neocapitalismo tecnológico y el populismo marxista de Podemos. El transhumanismo y el estado global totalitario. La bestia del Apocalipsis.

Sobran los cristianos, he aquí la clave. Todos. Porque solo uno es capaz de volver a levantar la Iglesia. Solo un cristiano vivo. Y lo saben.

No hay otra razón de fondo para la barbarie del siglo XX: quieren acabar con todos nosotros. Y no podrán. Nunca jamás. Esta es otra verdad absoluta que tendrán que acostumbrarse a digerir los falsos relativistas, mis queridos masones y todo traidor colaboracionista con el Sistema. Que nadie se sienta señalado. Solo la conciencia acusa.

Fuente: ACTUALL - Francisco Segarra

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