El escándalo Weinstein: ¿ha aprendido Hollywood la lección?

Cultura Miércoles 25 de Octubre de 2017

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Harvey Weinsten

Hace apenas dos años, “Spotlight” se alzaba con el Oscar a la mejor película. La película, basada en la investigación periodística sobre los abusos sexuales a menores por parte de algunos sacerdotes en la diócesis de Boston, convenció a los académicos.

Resultaba inconcebible que en una institución como la Iglesia, que siguiendo el ejemplo de Jesús debía acoger a todos, de modo especial a los más pobres y desfavorecidos, hubieran tenido lugar crímenes tan horrorosos, y que hubieran intentado acallarse, sin prestar el debido auxilio a los que más lo necesitaban, las víctimas inocentes. Sufrí viendo Spotlight, pero me pareció que abordaba con bastante objetividad los lamentables acontecimientos, que tanto daño han hecho.

Ahora Hollywood se ha visto sacudido por un escándalo sexual, que crece como una bola de nieve, donde parece obligado el pronunciamiento, sobre todo por parte de las mujeres que trabajan en Hollywood. Todo empezó con un reportaje en el New York Times, donde varias actrices, entre ellas Ashley Judd, denunciaban el acoso sexual del productor Harvey Weinstein.

No se trataba de un cualquiera, es uno de los grandes de la industria, muchas de sus películas han sido premiadas con el Oscar, ahí están Shakespeare in Love o El paciente inglés.

Fue el comienzo de un verdadero terremoto, una reacción en cadena que a día de hoy no conoce fin. The New Yorker ofreció otro reportaje con más denuncias, Harvey reconoció que tenía “un problema” y que necesitaba “terapia”, pero la chispa había prendido, y muchas actrices, entre ellas Angelina Jolie y Gwyneth Paltrow, relataron que se habían sentido incómodas en su presencia, con avances y proposiciones deshonestas en diverso grado, que no es cuestión aquí de describir.

A partir de ese momento todos se sintieron con el derecho (o la obligación) a echar leña al fuego, la idea que pululaba era que más o menos algo se sabía, pero que nadie se atrevía a hablar.

El productor ha sido expulsado de la presidencia de su propia empresa, The Weinstein Company, se le ha indicado la puerta de salida en instituciones como la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de Hollywood, o la de su homóloga británica, los franceses le retiran la Legión de Honor, etc, etc. El mundo político no ha resistido la conmoción, pues el ex presidente Barack Obama y la candidata Hilary Clinton se han beneficiado de su respaldo económico en campañas electorales, personal o de convencer a otros para que aflojen la billetera, invitados en su propia casa.

La pregunta que todos nos hacemos es: ¿cómo ha tardado Hollywood tantos años en denunciar a este presunto depredador sexual, que habría campado a sus anchas hace mucho, mucho tiempo? ¿Es sólo la punta del iceberg como ha señalado Emma Thompson, probablemente no sin razón?

Suena a cliché machista, pero todo el mundo suele dar por hecho que un productor todopoderoso puede usar su posición para llevarse al catre al bellezón de turno; y también, en la otra dirección, que una actriz con ganas de trepar usará sus armas sexuales de mujer para seducir a alguien que pueda dar un empujón a su carrera.

En muchas películas hollywoodienses se apunta a estos extremos, incluyendo orgías desenfrenadas con alcohol, sexo y drogas, presentadas como salvaje pero disculpable diversión, se trata del caldo de cultivo de donde saldrá el arte.

Se habla de crear una comisión de tolerancia cero para impedir nuevos casos Weinstein. Genial, la Iglesia denunciada en Spotlight ya había emprendido ese camino antes de que se hiciera esa película, quizá no estará de más un poquito de contrición y penitencia en Hollywood, que en otros tiempos algunos “puritanos” calificaban de la nueva Babilonia.

Ay, si hubiera más productores con conciencia como el interpretado por Josh Brolin, en la estupenda película de los hermanos Coen, ¡Ave, César! Ahí su personaje acudía a confesarse por… ¡fumar a espaldas de su mujer!, al tiempo que planteaba al cura la idea de que pensaba que debía seguir en su trabajo, porque le apasionaba y porque le parecía que en ese mundo de locos aportaba un poco de cordura y sentido común.

Así, tal vez se abriría un poco más el foco a la reflexión acerca de una liberación sexual desenfrenada, presentada en las pantallas de un modo irresponsable, algo que no estaría nada mal. Nunca ha estado la pornografía más al alcance de cualquiera que en los tiempos actuales, solamente a un click, no es oro todo lo que reluce en internet y las nuevas tecnologías.

Conviene reconocer que muchas patologías se han fomentado frívolamente, pienso en fenómenos como el sexting, los selfies de contenido erótico, luego difundidos en redes sociales por el novio o la novia enfadados, la retroalimentación de una sociedad hipersexualizada, que da pie a auténticas obsesiones, y que luego se escandaliza, o denuncia y arremete contra el apestado Harvey Weinstein y el resto de monstruos creados.

A mí me resulta penoso leer que su hermano y socio Bob dice sentirse asqueado, y que sólo ha hablado con él una decena de veces en los últimos cinco años. O que otro productor peso pesado, Jeffrey Katzengerg, haga pública una durísima carta personal diciéndolo que “has hecho cosas horribles”, y a la vez afirme que “he sido amigo tuyo durante treinta años”. ¿Qué clase de hermano o amigo no se entera de nada de lo que le pasa al otro, y cuando lo hace, le “ayuda” de este modo?

La palabra clave en todo lo que nos ocupa en los tiempos que corren es “consentimiento”, si lo hay, no pasa nada, libertad sin responsabilidad. Algunos de los nuevos casos que van saliendo a la luz –la actriz Alyssa Milano invita a sus colegas a relatar lo que les haya pasado con el hashtag #metoo– son negados por los implicados, o simplemente se indica que lo que hubo fue una relación consentida entre adultos.

En tiempos en que palabras como “pudor”, “intimidad”, “recato”, “modestia”, “castidad”, “continencia” u otras han sido ridiculizadas o identificadas con la “represión sexual”, ya nadie sabe distinguir entre el flirteo, la seducción y la provocación, o la audacia de quien no quiere ser un timorato a la hora de mantener una relación.

En fin, sirvan estas líneas para apuntar que hay mucha tela que cortar en este mundo desinhibido y liberado sexualmente que nos hemos construido. Y tampoco estaría mal dejarse de hipocresías, y quitarse la viga del ojo propio antes de denunciar a bombo y platillo la paja del ojo del otro.

Me gustaría creer que complejos de culpa recientes en la meca del cine, como la de ser racistas y la consiguiente corrección, no son mera fachada. Hace un par de años las mentes biempensantes y políticamente correctas se escandalizaban de que los 20 actores nominados al Oscar fueran blancos. Ley del péndulo, el año pasado se corrigió la tendencia, y hasta se premió una película dirigida por el afroamericano Barry Jenkins, Moonlight. Aunque, justicia poética, se produjo un error mayúsculo al dar a conocer el título de la película premiada, oh, lalalá. ¿Castigo a caer en la simple guarda de las apariencias? Quién sabe.

Fuente: José María Aresté para ACTUALL

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